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Meditaciones desde el subsuelo, de Guillermo Fadanelli

Introducción

(Fragmento)

Cuando era un adolescente mucho menos alto que una palmera, concebí para mí la tarea de educarme en los libros y aprender de la ficción señales que me ayudaran a conducirme en los años futuros. La escuela me hacía sentirme intranquilo y sospechaba que no sería suficiente para darme sosiego oponerme en paz. Si los golpes recibidos desde mis once años hasta cumplir los dieciocho no habían bastado para educarme o amansarme, menos podría hacerlo una institución tan venerada como predecible.

Sin embargo, quien piensa o pone demasiada atención en el futuro sufre porque tarde o temprano se verá transitando por caminos que antes ni siquiera podía haber imaginado.

La preocupación por el futuro no es el único impedimento para ser feliz, y no obstante tal desasosiego resulta ser un continuo tormento en las personas que no somos libres; es decir, en aquellas que no poseemos un margen amplio de elección para orientar el gasto de nuestros días.

El sueño de los niños es franco y carece de aristas, pero su inocencia, además de ser en ocasiones una cruel debilidad, se presenta también como pura incomodidad en potencia, disturbio en el horizonte y, sobre todo, como una muestra de que la paz absoluta nunca tendrá lugar: los sueños de un niño serán, en el mejor de los casos, la realidad de un adulto.

Cuando al pasar de los años el joven se va apagando y sus días se tornan segundos, las teorías comienzan a tener lugar en la amargura, y la búsqueda de acomodo en el mundo puede traer consigo muerte y desgracia para otros. ¿Qué teoría no se halla ligada al sufrimiento y al esfuerzo de quienes desean comprobarla? E incluso al sufrimiento de su realización. Ahora, desde un paraje de la soledad, me observo a la distancia y distingo al joven entusiasta que deseaba educarse en los libros y encontrar verdades en el horizonte; el adolescente que deseaba transformar su curiosidad en un hecho bello, feliz o, al menos, tranquilizador. No experimento orgullo ni conmiseración, acaso extrañeza. No me siento un ser defraudado, nada tan alejado a ese sentimiento. Me gustaría creer realmente que uno aprende cuando no pone atención o ansiedad desmedida en lo que se nos quiere mostrar o enseñar deliberadamente. ¿No sospechan ustedes de quienes desean educarnos de una forma tan rotunda? Aprender desde la distracción. Desconfiar de la tradición impuesta hasta donde sea posible: es decir, antes de volver a caer en ella o en el seno de esa misma tradición modificada. Es bueno mantener un pie dentro de la literatura, puesto que en las novelas, e incluso en los ensayos mundanos, uno no aprende más que a estar allí dentro, como quien mira hacia la calle en espera de que algo fuera de lo normal acontezca. Cuando no se marcha hacia un lugar específico o preciso es que uno ha tomado un camino certero o menos difuso: elcamino del “yo no lo sé del todo”. Si la anterior parece ser una trillada y cándida afirmación socrática, nadie debe preocuparse: lo es (es eso y un poco más: ya lo veremos).

¿Qué motivos sustentan la escritura de ficción y reflexión en nuestros días? Cada ensayo escrito es necesario, aunque no sea interesante para los lectores, y no es posible desterrarlo puesto que ya proviene de alguna clase de destierro. ¿Cómo puede echar uno a la calle lo que ya está en la calle? Es del subsuelo de donde se hace venir a la literatura para que nos cuente qué sucede en la vida de los hombres, las cosas y las excusas. Existe un no lugar del cual uno extrae los objetos físicos y abstractos necesarios para vivir. Tal profundidad y oscuridad inconmensurable nos sirve de horizonte: si no tuviéramos noción de ese no lugar entonces el ser humano no sufriría el peor de todos los dolores—el dolor abstracto, como lo sugirió Fernando Pessoa—.

El pudor es una característica excepcional en la creatividad humana, pero quien escribe no puede abusar de ese delicado y refrescante pudor. Los escritores que no somos artistas, como sí lo fueron Artaud y Beckett, por ejemplo, tenemos que ceñirnos a un propósito más o menos bosquejado que señale rumbos hacia los cuales marchar. Si en el camino el andante se pierde, será entonces más que afortunado, pues habrá encontrado el único sendero que le es permitido a cualquier carácter sensible: la humildad del saber, la sospecha de la perpetua ignorancia, el certero extravío (aunque sea extravío impostado; ¿o existe un sentimiento más impostado que el placer que llega, está y se va?). “Sólo puede llamarse caos a un extravío del que puede surgir un mundo”, llegó a escribir Federico Schlegel.

Ahora bien, el extravío social es de índole di- ferente: un Apocalipsis ordinario o una tragedia demasiado ruidosa. Pese al oneroso ruido de la protesta hay que insistir en que la llamada sociedad globalizada en la que vivimos parece estar fundada sobre una reiterada injusticia económica y una constante erosión de sus fundamentos éticos o humanos. Los sentidos y las ideas que se crean a partir de la experiencia nos dan noticias de la maldad social.

Tenemos que advertir que algo anda mal y comprobarlo, y si es posible solucionarlo. A lo largo de este breve ensayo aparecerán los motivos de una práctica semejante, mas ahora mismo pongo sobre la mesa las preguntas que intentaré construir de aquí en adelante:

¿Tiene sentido continuar escribiendo, reflexionando e imaginando mundos alternativos de convivencia y justicia a estas vertiginosas alturas del sigloXXI donde todo parece haber sido ya decidido? ¿Es posible practicar la buena ingenuidad a fin de pasar inadvertido y sobrevivir?

En palabras sacadas de la olla aún caliente:

¿Qué clase de sentido tiene seguir luchando por el progreso de una comunidad de humanos cuando estos han dejado de pensar y cumplen funciones que les impiden la rebeldía y la crítica? ¿Por qué no dejar en paz a estos seres con tal de que lo social continúe creciendo como una franca metástasis?

Mi respuesta, honesta, aunque algo impulsiva, es que sólo un ingenuo podría creer que es posible trastornar el estado de cosas que nos agobian y empequeñecen a un grado más profundo que el de la desaparición humana. ¿Qué fuerza monumental nos ha llevado a convertirnos en esta especie de pulgas consumidoras, adoctrinadas, y movidas por la tecnología y la ignorancia? Fuera de las más conocidas reflexiones sobre moral y política (Nozick, Rawls, Hare, Sen, Feyerabend) no he encontrado una respuesta social, una ética colectiva que me indique que existe una real posibilidad de progreso compartido. A causa de tal austeridad rebelde y holgazanería masiva, creo que la escritura de ficción o la literatura no especializada puede entregarse sin mayor pena al cinismo, la soledad, el ensimismamiento y el desapego, si tal es su camino.

En las artes o en la literatura se tiene un legítimo derecho a ser un irresponsable, como en su momento nos lo mostraron EzraPound, Louis Ferdinand Céline o Charles Bukowski, por ejemplo. Antes de comenzar este breve ensayo añadiré que cuando hablo de literatura no aludo sólo al mundo de las letras o del arte, ni siquiera a mi propio gusto literario, sino al mundo que envuelve y extiende al ser humano hacia la conciencia e incluso hacia la amenaza de su desaparición. La literatura se rebasa a sí misma cuando es comprendida en más de una dirección. Y si se comprende en varias direcciones ello quiere decir que el lector tomó la responsabilidad de pensar por sí mismo y asumir la responsabilidad de su propio pensar en vez de seguir las riendas que le propone el autor.