Los viajes florecen el alma

Nunca me había cuestionado mi propia existencia hasta que un día viajando sola, me encontré de frente con una escena que me hizo pensar en todo el sentido de mi vida.

Tal vez sería más honesto volver unas pocas palabras: cuando viajé sola fue la primera vez que cuestioné mi propia existencia.

Todo lo que me pasó en esa aventura se quedó grabado en mi cabeza para bien, me ayudó a ser una persona más dedicada, más honesta conmigo misma, más centrada en lo que realmente importa, sin desperdiciar mi tiempo, el tiempo de otros, recursos, memorias, palabras…

Estando frente al destino me di cuenta de que soy yo quien puede manejarlo y solo yo; hasta ese momento me di cuenta de lo mucho que había permitido que otras personas decidieran hacia dónde voy, con quién y cómo lo hacía. Tampoco significa que las personas hubieran sido dueñas de mis pasos, pero sí permitía que cualquier cosa influyera en mi manera de hacer las cosas.

Me hizo falta en muchas ocasiones mantenerme firme, no esperar nada de nadie, confiar en lo que el instinto me dictaba, pero viajar sola me enseñó a estar dentro de mí sin sentir que me pierdo o que me adentro en un pozo aterrador, profundo y sin salida.

Por supuesto que, como las primeras veces de todo, tuve miedo, tuve ansiedad y desesperación, pero como cuando estás consumiendo café y se empieza a adueñar de ti la ansiedad, no quedaba más que respirar, calmarme y dejarme llevar.

En el tiempo que viajé, me propuse dejar todos mis miedos y prejuicios del lado, y decidí aventarme a hacer cosas que no me había atrevido anteriormente, eso me ayudó a crecer en muchos sentidos emocionales que ni siquiera sabía que tenía que desarrollar.